IGLESIA MANANTIAL DE VIDA CUENCA

Benditas serán en ti todas las familias de la tierra (Génesis 12:3)

Antorchas que arden y alumbran

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Juan 5:35 “Él era una antorcha que ardía y alumbraba”
Dice el Evangelio de Lucas que Zacarías y Elisabet eran personas justas delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor (Lucas 1:6) Otras versiones como la NVI señala que eran intachables. Unos padres así pudieron criar a un hijo como Juan el Bautista. El último profeta del Antiguo Testamento, profetizado por Isaías (40:3) Enviado para preparar el camino del Señor. Cuando vinieron los sacerdotes y levitas a preguntarle quién era no aprovechó para hacer publicidad de su ministerio ni de las palabras que el profeta Isaías había pronunciado acerca de él. Ni siquiera dijo su nombre. Se limitó a decir: “Yo soy la voz de uno que clama en el desierto” (Juan 1:23) Juan el Bautista fue un hombre que tuvo por escuela el desierto, que supo vaciarse para que Cristo creciera, que supo estar en su sitio y proclamar como todo profeta enviado por Dios el mensaje que el pueblo necesitaba escuchar. No hubo señales ni milagros. Su ministerio a penas duraría unos meses tras estar treinta años preparándose. Pero fue en palabras de Jesús el mayor profeta nacido de mujer (Mt. 11:9-11); el Elías que había de venir (Mt. 11:14) y entre otras descripciones, una antorcha que ardía y alumbraba.
Esta declaración de Juan el Bautista tiene mucho que decir acerca de él y mucho que enseñarnos a nosotros.

Tienes que brillar
La palabra “alumbrar” usada aquí por el apóstol Juan tiene un mayor significado del que podemos ver a simple vista. La palabra original usada es: “Faino” que significa “brillar; mostrar; resplandecer o iluminar” ¿Pero qué tipo de brillo o resplandor era al que Jesús se refería al mencionar a Juan el Bautista? Está usando una descripción reflejada por el apóstol Pedro en su segunda carta capítulo 1:19 “También tenemos la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro”
Jesús está declarando que Juan era una antorcha que tenía la capacidad de alumbrar, brillar o resplandecer como la misma Palabra de Dios. ¿Era Juan la Palabra de Dios? Por supuesto que no, esa descripción le corresponde a Jesús. Él sí que era el logos hecho carne. Pero Juan podía alumbrar como la misma Palabra de Dios porque como Jeremías había recibido un mensaje que se había calado en sus huesos (Jeremías 20:9) era como un fuego que ardía en su interior el cual no podía soportar por mucho que lo intentara. Si decidía no hablar, ese fuego lo consumiría por dentro hasta acabar con él. Eso lo llevó a denunciar los pecados del pueblo, de los fariseos, saduceos, publicanos, soldados e incluso del mismo rey. Juan era una antorcha que alumbraba, brillaba y resplandecía de modo que todos venían a él. No predicaba en las plazas o en las sinagogas sino que estaba en el desierto, y hasta allí la gente necesitada de un poco de luz acudía de toda la provincia de Judea y de toda Jerusalén. Estaban dispuestos a dejar sus cómodas casas, sus compras en el mercado, sus tareas rutinarias para acudir a alguien que Dios lo estaba haciendo brillar. Amigo y amiga, El Evangelio de Lucas nos recuerda que si todo nuestro cuerpo está llenos de luz, no teniendo parte alguna de tinieblas, será todo luminoso como cuando una lámpara te alumbra con su resplandor (Lucas 11:36) Esa es y debe ser nuestra condición. Personas que andan en luz y que alumbran sin llegar ni siquiera a mencionar palabra alguna.
En una ocasión tuve un sueño en el que yo estaba paseando junto a mi padre mientras nos salía al encuentro una chica dando gritos. Era evidente que estaba enfadada y parecía incluso que iba a agredirnos. Lo que más me impactó fueron las palabras que una y otra vez gritando nos repetía: -¡¡Tú eres luz!! ¡¡Tú eres luz!!- La lección que pude aprender es que aquellos que tienen a Cristo en sus vidas están reflejando la Luz de Dios al mundo que nos rodea. Para bien o para mal, amigo y amiga, somos luz. Decidiste que Cristo alumbrara tu camino, no puedes esconderte para que nadie te vea, eres luz. No puedes brillar a medias, debes resplandecer. Cuando no me interesa ser de testimonio, apago mi luz, cuando todo va a favor, la enciendo. Querido hermano y hermana ¿Has tratado alguna vez de leer o hacer cualquier otra cosa bajo una luz que continuamente se apaga y se enciende de forma intermitente por estar defectuosa? Es horrible, molesta, estorba y al final optas por apagarla. Es preferible estar a oscuras que bajo ese tipo de luz que lo único que puede conseguir es irritarte. Déjame decirte que es mejor que apagues tu luz si no estás dispuesto a brillar en todo momento. No digas que eres cristiano si no calculaste el precio de llevar ese nombre. Estorbarás, confundirás en lugar de traer dirección.
El Evangelio de Mateo lo expresa de la siguiente manera: “Vosotros sois la luz del mundo: una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa” (Mateo 5:14-15) No pretendas ser tan humilde que no quieras sobresalir entre los demás. Eres un punto de referencia allí donde te encuentres. En el colegio, en tu trabajo, en tu vecindario, la gente se fijará en ti y te juzgará por tus palabras y por lo que haces y a menos que estés dispuesto a dejar que tu luz brille lo único que conseguirás es dejar un mal testimonio sobre lo cual Dios un día te juzgará. Por el contrario, querido hermano y hermana, tienes la capacidad de alumbrar el camino a los que están en tinieblas. Dios te dotó con esa característica que te hace especial, el ser luz, poder brillar, ser un punto de referencia en honestidad, madurez, ética personal y en tu fe en Dios. La gente verá a Dios en tu vida o verá a un religioso más, verá a un hipócrita o verá alguien capaz de hacerles comprender que necesitan con urgencia un Salvador. Alguien dotado con la capacidad de escuchar, aconsejar y revelar a un Dios verdadero que se interesa por la gente. ¿Quieres ver el Reino de Dios manifestado en tu vida y a través de ti? Brilla, resplandece con la luz del Espíritu Santo. Entra en tu aposento secreto y dile al Señor: ¡¡Hazme brillar, oh Señor, quiero que tu gloria se vea reflejada en mi vida!!

Capacitado para incendiar
Pirómano: “Tendencia patológica a la provocación de incendios”
No es una enfermedad ni una patología pero sí que podríamos decir que Juan el Bautista era una persona como bien decía Jesús que ardía. Ardía en llamas, en pasión que no se apaga, celo por la justicia de Dios. Como todo buen profeta, no podía callar al ver las injusticias, las atrocidades que en nombre de Dios se estaban haciendo. Como una Voz que clama en el desierto se dispuso a pregonar un mensaje que venía del cielo. Un mensaje ardiente que no dejaría indiferente a nadie. Algunos como el rey Herodes crujían sus dientes al ser expuesto su pecado y otros venían al arrepentimiento.
La palabra que Jesús utilizó para describir a Juan fue: “Ardía”, (Juan 5:35) que en latín vendría a ser: “ardēre”, cuyo significado es muy interesante: ”Estar en combustión; estar muy agitado por una pasión o movimiento del ánimo” Pero aún más interesante es si la miramos desde el punto de vista bíblico y en su idioma original: del griego Kaio cuyo significado es “incendiar, encender, consumir, quemar o luz” Juan el Bautista era una antorcha que no sólo ardía, no solo estaba en combustión, no era tan solo una pasión aislada o controlada, sino que ardía de tal manera que aquellos que se acercaban a él no podían evitar el ser incendiados. Era un fuego que se propagaba allí donde iba. Era un carbón encendido sacado del altar de Dios con el propósito de incendiar los corazones de aquellos que estaban dispuestos a reconocer su tibieza, su frialdad e indiferencia a los asuntos de Dios y al estado de sus almas. Oh, hermano, que seamos personas que entran en lo secreto de Dios, que apartan la apatía y la mediocridad de sus vidas, que se llenan del Espíritu Santo para luego arder en pasión e incendiar los altares de las iglesias con el fuego que purifica, que limpia que santifica. ¿Arde tu corazón por Dios? ¿Por las almas que no conocen a Cristo? En su libro ¿Por qué no llega el avivamiento? Leonard Ravenhill hace la siguiente declaración: “Mientras la iglesia pierde el fuego del Espíritu, los pecadores se pierden en el fuego del Infierno”. Me veo obligado a hacerte la pregunta: ¿Perdiste el fuego del Espíritu Santo? ¿Perdiste la capacidad de arder, de incendiar a otros de transmitir algo de Dios? ¿Está tu corazón como el hielo o quizás esta tibio? Entonces necesitas clamar a Dios, entrar en la cámara secreta, buscar su presencia, arrepentirte por tus pecados y suplicarle a Dios que encienda tu corazón, que avive tu vida, que te dé la capacidad para lo cual fuiste llamado. La capacidad de arder, de incendiar, de encender los corazones, de provocar un cambio en las vidas apáticas y mediocres que llenan a veces las iglesias. Hermano y hermana, esto es para ti, Dios quiere hacerte arder, arder en pasión, pasión por Él, por buscarle, por ver su gloria y ser transformado, pasión por la justicia de Dios gobernando la tierra. Tales hombres y mujeres como Juan el Bautista son los que como el pirómano prenderán fuego en cada lugar donde se encuentren. Un fuego que convencerá de pecado, que incomodará a la gente a buscar a Dios, a dejar la tibieza, la indiferencia y la mediocridad y a comenzar a andar por las sendas antiguas del arrepentimiento, la santidad, la búsqueda personal y secreta, el hambre y la sed por que el Reino de Dios se establezca en esta tierra. Esta clase de hombres y mujeres son los requeridos, los que la iglesia actual necesita predicando en sus púlpitos y orando es sus bancas.
Al leer la descripción de Jesús respecto a Juan no puedo evitar preguntarme -¿con que lo compararía? ¿Qué le venía a la mente cuando pensaba en Juan?- Es muy interesante cuando vemos que la misma palabra usada aquí es la que el autor de la carta a los Hebreos utilizó para describir lo que los israelitas pudieron ver en el monte Sinaí. Éxodo 19:18 nos da una imagen de lo que pudieron presenciar aquellos dos millones de personas aproximadamente en el desierto: “Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego” Debió ser realmente impresionante ver como aquel monte ardía en llamas, en fuego, porque Dios decidió descender sobre él. Fue algo que causó terror en el pueblo, quedaban impactados por tal magnitud de la gloria de Dios de modo que no querían ni que Dios mismo les hablase de una forma personal y directa: “Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos” (Éxodo 20:19) Lo que pudieron ver estos israelitas era lo que veía Jesús en la vida de Juan el Bautista. Un hombre lleno de fuego, una antorcha ardiente porque Dios había descendido sobre él. La carta a los Hebreos capítulo 12:18 dice literalmente: “Porque no os habéis acercado al monte que se podía palpar; y que ardía en fuego”. La palabra “arder” usada aquí es exactamente la misma descripción que usó Jesús para referirse a Juan. Juan estaba siendo comparado con el monte Sinaí porque era una antorcha ardiente que no dejaba indiferente al que veía o escuchaba predicar. Y es que hermanos, muchos hoy día están deseando ver montañas que arden o zarzas ardientes, pero el fuego de Dios ya no desciende sobre montes ni zarzas y como dice E. M. Bounds: “El Espíritu Santo no pasa a través de métodos sino de hombres. No desciende sobre la maquinaria, sino sobre los hombres. No unge a los planes sino a los hombres: los hombres de oración.” No pasa por métodos sino sobre personas, personas apasionadas por Dios más que por cualquier cosa, cristianos verdaderos que pasan tiempo con Dios en oración esperando que la santa llama los encienda para ir y encender a otros, para avivar las iglesias rutinarias, para sacar de la religiosidad a tantos y tantos “cristianos” apocados y tibios que llenan nuestras iglesias cada domingo. Esto es lo que Dios necesita, no más montes ni zarzas, no más predicadores, no más títulos de apóstol o profeta, hombres y mujeres que reconocen su necesidad de que el Espíritu del Pentecostés los vuelva a visitar, los encienda, los avive, les haga arder, gemir, clamar y llorar por un mundo que se pierde y por una iglesia que como en los días de Jesús no está reconociendo el tiempo de su visitación. ¿Tiempo? ¿Tiempo de qué? Preguntarán muchos, -es tiempo de afligir, de ayunar, de lamentar por los pecados, de rasgar nuestro corazón delate de Dios- Es tiempo de que de una vez por todas nos tomemos en serio los asuntos de nuestro Padre.
En medio de esta generación adúltera y perversa la iglesia de Jesucristo se ha acostumbrado a escuchar los noticieros. Ya no arde nuestro corazón cuando vemos la cantidad de personas que cada día mueren sin Cristo, ya no sentimos un vivo celo como decía Elías (1ª Reyes 19:10) cuando escuchamos de tanta injusticia. Ya no nos consume el celo (Juan 2:17) cuando vemos y oímos que la casa del Señor es convertida en cueva de ladrones. La Palabra de Dios dejó de arder en nuestros huesos (Jeremías 20:9) y ya no somos capaces de abrir nuestra boca en contra del pecado, más bien lo hacemos para murmurar. ¿Aún crees que necesitamos montañas o zarzas que arden? –Dadme diez hombres como Juan el Bautista y cambiaré el mundo – dijo Leonard Ravenhill.
“Necesitamos hombres ardiendo al rojo vivo, que irradien el fuego con tan intenso calor; que no podamos siquiera acercarnos sin sentir que nuestros corazones se están quemando; hombres como relámpagos lanzados de la misma mano de Jehová, despedazando estrepitosamente cada cosa que se opone en su camino, hasta que lleguen a su blanco : Hombres impulsados por la Omnipotencia ! ”
Charles H. Spurgeon (1834-1892)
Estos santos hombres de Dios lo tenían muy claro, al punto que sus propias vidas fueron esas antorchas, que hoy día siguen incendiando los corazones de aquellos que desean algo más.
En las reuniones donde ministraba John Wesley era común que los asistentes clamaran en alta voz, se convulsionaran o cayeran tocados por el poder de Dios. En una ocasión, otro ministro le preguntó cómo hacer para lograr que mucha gente viniera a escucharle. La respuesta de Wesley fue: “Si el predicador está ardiendo, los demás vendrán para ver el fuego”. Dame cien predicadores que no le teman a nada excepto al pecado, y no deseen nada excepto a Dios, y no me interesa ni una paja que sean clérigos o laicos, ellos sacudirán las puertas del infierno y establecerán el reino de los cielos en la tierra.”

Lámparas Portátiles
Quisiera terminar este capítulo resaltando otra característica de Juan tal como lo veía Jesús. “Juan era una antorcha que ardía y alumbraba” (Juan 5:35) Estas fueron las palabras exactas, pero es interesante no sólo quedarnos con el texto superficial sino ahondar aún más para encontrar otro tesoro de la Palabra de Dios que el Espíritu Santo nos quiere mostrar. Al referirse a una antorcha el diccionario del la lengua española lo define como: “Mecha que se hace de esparto y alquitrán para que resista al viento sin apagarse.” Es esto quizás lo que hemos visto tantas veces en películas cuando entran en cuevas y allí hay una de estas antorchas. Podría ser quizás esto lo que veía Jesús en Juan, pero también podría ser como la misma palabra original indica: “lámpara portátil de aceite.” Lo cierto e importante aquí no es qué tipo de lámpara era sino que era portátil. Eso significa que Juan podría estar en el desierto y estar ardiendo. Podría estar en casa. . . ardiendo, rodeado de pecadores. . . pero ardiendo, fuese donde fuese llevaba el fuego metido en sus huesos. Esto era lo que sucedía en los tiempos de los apóstoles, “estos que trastornan el mundo entero también han venido acá” (Hechos 17:6) Eran portátiles, palabra muy utilizada hoy por la generación actual. Utilizamos ordenadores portátiles, teléfonos portátiles, DVD portátiles, pero cuando se trata de llevar el fuego de Dios, lo dejamos a las puertas de la iglesia, dejamos la santidad, el testimonio, la devoción, convirtiéndonos en lámparas sin aceite que ni brillan ni arden, lámparas que han perdido su propósito. O como bien expresó el profeta Jeremías “cisternas rotas que no retienen agua” (Jeremías 2:13) Si algo necesitamos hoy día es ser “portátiles” en el sentido de portar la presencia de Dios sobre nuestras vidas. Tenemos reuniones muy avivadas dentro de nuestras cómodas iglesias. Cantamos, bailamos y lloramos y salimos al altar para ser llenos del Espíritu Santo pero lo que realmente necesita este mundo son personas capaces de llevar esa gloria fuera de las cuatro paredes de nuestra iglesia. Personas que cuando vayan el lunes a su trabajo se acuerden de seguir siendo cristianos y de intentar brillar en medio de la oscuridad.
Los apóstoles no dejaron el fuego recibido en el aposento alto, sino que lo sacaron a las calles haciendo que tres mil personas fueran alumbradas tras compungirse de corazón. Otros fueron contagiados por ese fuego que no podía ser apagado ni retenido en frágiles lámparas de barro. Hombres como Esteban y Felipe, llamados a servir mesas, fueron incendiados por antorchas humanas que ardían y alumbraban hasta tal punto que milagros y señales comenzaron a ocurrir. Lámparas portátiles que incendiaron Samaria, Jerusalén y cada lugar por donde pasaban y aún nosotros, la iglesia del siglo XXI seguimos preguntándonos porqué aquellas cosas no ocurren en nuestro medio. Eclesiastés 7:10 dice: “Nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca de esto preguntarás con sabiduría.” O como dice la versión de la Biblia Torres Amat: “No digas nunca: ¿De qué proviene que los tiempos pasados fueron mejores que los de ahora?, pues es esta una pregunta necia.” Es de necios preguntar por qué los primeros discípulos hacían toda clase de milagros, es de necios preguntar dónde está el Dios de Elías, de Moisés, de Pablo, de Esteban o Felipe. Es de necios hacer tales preguntas mientras seguimos indiferentes a si soy capaz o no de transmitir algo de Dios. No podemos hacer tales preguntas con sabiduría ya que la respuesta la tenemos más que aprendida. Antorcha, lámpara portátil que arde y alumbra allí donde va porque se dedica cada día a buscar a Dios en lo secreto para tener algo que ofrecer a aquellos que andan en oscuridad o que viven la mayor parte de su tiempo tibios o enfriados porque hicieron de su salvación una mera y apática religión. Oro para que Dios te encienda, te haga arder, y te dé la capacidad de poder transmitir algo sobrenatural allí donde te encuentres. Esa es la voluntad de Dios para ti querido hermano y hermana.

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