IGLESIA MANANTIAL DE VIDA CUENCA

Benditas serán en ti todas las familias de la tierra (Génesis 12:3)

LA ORACIÓN DE DIOS

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La oración de Dios
2ª Crónicas 7:14 “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra”
A lo largo de toda la Biblia podemos encontrar multitud de oraciones hechas por hombres y mujeres. Algunas fueron oraciones modelos o repetidas en diversas ocasiones como el clamor de Raquel pidiendo hijos: “Dame hijos, o si no, me muero.” (Génesis 30:1) La oración de Jabes en 1ª Crónicas 4:10 pidiendo bendición, la oración de Daniel en favor del pueblo en el capítulo nueve de su libro, y como no, encontramos a Jesús orando en el huerto de Getsemaní rindiéndose a la voluntad de Dios. Son textos sobre los cuales se ha predicado y enseñado haciendo un gran énfasis en la manera correcta o específica de orar. Pero en este texto que encabeza este apartado podemos encontrar lo que yo llamaría “la oración de Dios”. Es el clamor de Dios por su pueblo, su petición hacia aquellos que profesan su nombre, que han decidido servirle.
Entiendo que cada oración expresada en la Biblia puede servirnos como enseñanza de cómo dirigirnos a Dios en un momento específico, como orar, como dar en el blanco. Es importante que entendamos que Dios está dispuesto a bendecirnos, a responder a nuestras oraciones, a nuestro clamor por más de Él. Pero también llega un momento en el cual es Dios el que demanda de su pueblo una entrega mayor, un compromiso más serio y genuino. Clamamos, oramos y ayunamos por avivamiento. Esperamos una respuesta de Dios, esperamos que Él pueda visitarnos, tocarnos y cambiarnos. A todos nos gusta sentir su presencia. Disfrutar de Él. Pero en muchas otras ocasiones, cuando no vemos la mano de Dios moviéndose, cuando no hay aparente respuesta a nuestras oraciones, nos preguntamos ¿Por qué el Señor no nos envía lluvia del cielo, el avivamiento tan esperado? ¿Por qué no hay mayor bendición de la que estamos disfrutando? ¿Dónde están los milagros, sanidades, manifestaciones del Espíritu Santo que vemos a lo largo de la Biblia o que ocurrieron en otros siglos del cristianismo? A todos nos gusta recibir las bendiciones de Dios siempre que no haya un compromiso por nuestra parte. Que Dios nos bendiga, pero que no nos pida nada. ¿Qué cosas tuvieron en común todos los avivamientos que nos han precedido? “Lo que los provocó.”
Queremos avivamiento, pero no lo habrá. No habrá respuesta a esta oración, hasta que no respondamos nosotros a la oración de Dios. “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra” (2ª Crónicas 7:14)
Salomón está dedicando el Templo a Dios, se habían esforzado por construirlo, habían dedicado tiempo, esfuerzo, energía, dinero, ilusión y por fin lo habían acabado. Estaban orgullosos de lo que habían conseguido. Costó, vaya que si costó, pero al fin y al cabo, era la casa de Dios, done Él iba a morar, descender, manifestarse. Se sentían satisfechos con el resultado, y ahora, comenzaba la dedicación. Salomón comienza a orar, más que pidiendo casi exigiendo que los ojos del Señor estén sobre aquel lugar, que sus oídos estén atentos a cada ruego, a cada oración o súplica. Pedía que sus ojos nunca se apartasen de aquel Templo. Era su petición, su exigencia a Dios, lo único que pedía.
—Merecemos que Dios nos conceda esto, que sus ojos estén sobre este lugar de día y de noche por todo lo que nos hemos esforzado, por todo lo que hemos invertido en este lugar— Salomón podía haber pensado esto, el resto del pueblo también. Y así de esta manera termina el capítulo 6 de Segunda de Crónicas, con la oración de Salomón, una oración que sin duda, esperaba una respuesta positiva, Dios se iba a agradar de lo que habían conseguido, seguro.
2ª Crónicas 7:12 nos muestra como Dios se aparece a Salomón y le dice dos cosas importantes, algo que Salomón de alguna manera ya esperaba:
1.) Yo he oído tu oración
Dios había oído la oración de Salomón, lo que él estaba pidiendo, sus exigencias. A muchos nos hubiera gustado que Dios se nos apareciera de esa manera y nos hablara tan claro diciéndonos: —He oído tu oración— Que seguridad tan grande sentiríamos si nos sucediera esto. Claro que tenemos la seguridad de Dios nos oye, pero entiéndeme, ¿A cuántos no nos gustaría sentir o escuchar este tipo de confirmaciones? Salomón pudo escuchar la voz de Dios dándole esta seguridad —He oído tu oración Salomón, lo que me has pedido. He visto los sacrificios, vuestros esfuerzos, el dinero que habéis invertido, el tiempo, la ilusión con la que habéis trabajado. Todo esto, lo he oído, lo he visto— ¡¡Que maravilloso escuchar la voz de Dios!! Pero hay una segunda cosa que Dios le dice a Salomón.
2.) He escogido este lugar para mí como casa de sacrificio
No sólo Dios había oído la oración de Salomón, sino que había respondido afirmativamente a su petición. Todos sabemos que Dios nos escucha, que nos oye, pero que nos vaya a responder afirmativamente no siempre estamos tan seguros, ya que Dios siempre responde, pero a veces es con un “no”, no es mi tiempo, no es mi voluntad, no te conviene, etc.
Salomón pudo oír la voz de Dios, recibir la confirmación de que Dios le había escuchado, y además de que en efecto, Dios había escogido ese Templo por casa, por lugar de sacrificio, de ofrenda, de comunión. Pero, ¿era eso concretamente lo que Salomón estaba pidiendo? Era bueno sin ninguna duda. Dios mismo morando en ese lugar, pero en palabras del doctor Wesley L. Duewel: “Dios no manifiesta en forma automática su presencia en nosotros y su poder mediante nosotros solamente porque aceptamos a Cristo como Salvador nuestro. Desde el momento en que nacemos del Espíritu somos habitados por Él, pero habitar y manifestarse son dos cosas diferentes. Dios elige cuando manifestarse. Nosotros debemos preparar el camino del Señor permaneciendo limpios, obedientes, conscientemente dependientes de Él y hambrientos de su manifestada presencia y poder.”
Dios había hablado a Salomón, le había prometido que su presencia estaría allí, en aquel Templo, pero ¿Estarían sus oídos atentos a las oraciones que allí se hiciesen? ¿Y sus ojos? ¿Estarían abiertos de día y de noche sobre aquel lugar? Esto era lo que Salomón quería escuchar, era bueno que Dios estuviese, sin ninguna duda, pero no suficiente. Es entonces cuando en el versículo catorce vemos la oración de Dios dirigida a Salomón.

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