IGLESIA MANANTIAL DE VIDA CUENCA

Benditas serán en ti todas las familias de la tierra (Génesis 12:3)

TRAPOS DE INMUNDICIA

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Trapos de inmundicia
Isaías 64:6 “Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia”
Hay una gran preocupación que muchas veces me sobrecoge cada vez que me pongo a orar. Es la carga por aquellas personas que una vez entregaron sus vidas a Jesús, pero rara vez mostraron frutos de su arrepentimiento o de su salvación. En una conferencia dirigida a cinco mil jóvenes, Paul Washer les habló sobre el camino estrecho. Comenzó compartiéndoles una preocupación, una carga que sostuvo durante los días previos a la conferencia: –Mi mayor preocupación al despertar esta mañana no fue mi billetera— Y continuó diciendo: –La preocupación, la carga que no me dejó dormir esta noche, fue el saber que la mayoría de los que estáis aquí, dentro de algunos años estaréis en el infierno—
No sé hasta qué punto esa carga pudo ser pesada pera él, pero lo cierto es que algo similar puedo sentir cada vez que veo a personas que conozco, que entregaron sus vidas a Jesús, que levantan las manos cada domingo para alabar a Dios, pero que sus vidas dejaron de crecer el mismo día en el que nacieron de nuevo. Si el árbol no crece es porque no tiene vida. No hay bonsáis en la viña del Señor. El crecimiento no se mide por el ministerio, o por las áreas en las que uno trabaje. No se mide por la cantidad de oración o por los ayunos practicados. Si el árbol no da fruto, es cortado y echado en el fuego (Mateo 3:10). Son los frutos del Espíritu lo que indicarán nuestro crecimiento. Las cosas en las que pensamos (Ro. 8:5), las palabras que salen de nuestra boca manifestarán lo que hay en nuestro corazón (Mt. 12:34). No son las obras que hacemos las que podrán salvarnos. Es cierto que Dios ha preparado obras de antemano para que andemos en ellas (Ef. 2:10), pero nadie será justificado por ellas (Ro. 3:20). Y digo esto porque es la carga que me sobrecoge en muchas de las ocasiones en las que voy a orar. Siento una preocupación por aquellas personas que creen que serán salvas por la oración de fe que hicieron en algún momento de emoción o de necesidad en sus vidas. Personas que cambiaron su rutina por las reuniones de la iglesia, que tratan servir con todo lo que tienen, pero que no han abandonado sus antiguos pecados. No han madurado ni crecido y por lo tanto sus obras son como las define el profeta Isaías en el versículo que encabeza este apartado: “Trapos de inmundicia.” “Esta palabra viene de una raíz que no se usa que significa: fijar un período, refiriéndose particularmente al período menstrual”
Las iglesias están llenas de personas acomodadas en sus pecados. Personas que no saben que cuando mueran deberán enfrentarse a un juicio en el cual nuestras obras serán presentadas delante de Dios como trapos de inmundicia. Imagínate delante de Dios con un saco llenos de compresas usadas intentando comprar con ello tu salvación. Sé que suena horroroso y quizá nos dé hasta náuseas el sólo pensarlo, pero precisamente es eso lo que intento hacerte sentir. Es importante que entendamos que el mensaje del Evangelio no tiene nada que ver con la vida que muchos están viviendo cada día. Claro que las obras son parte importante de la vida cristiana. Cada buena obra que practicamos por nuestro prójimo, al Señor se lo estamos haciendo. Cada visita a la cárcel, a los que están enfermos, cada vaso de agua que damos, para el Señor lo hacemos, y no quedará sin recompensa. Pero lo que trato de hacerte entender es que esto será el fruto de una vida entregada a los pies de Jesús. Esto irá acompañado del amor, la paciencia, la mansedumbre, de buenas palabras, de un buen testimonio cuando todos me ven y cuando estoy sólo. Pero la crítica, los antiguos pecados, la murmuración, el doble pensamiento, el no poner en práctica la Palabra predicada cada domingo son como moscas que echan a perder el buen perfume (Ec. 10:1). Nadie que practica tales cosas puede heredar el reino de los cielos (Gal. 5:21). El verdadero Evangelio exige una vida de rendición, de entrega al Señor y al hermano. Una vida que continuamente busca el bendecir con nuestras obras y con nuestras palabras. Muchos son los que profesan ser cristianos y con sus hechos lo niegan. Trapos de inmundicia son presentados cada día delante del Señor. Cada obra que hacemos para Dios sin mostrar un arrepentimiento genuino por nuestros pecados son trapos de inmundicia, deshechos malolientes que Él no puede recibir. No caigamos en el error de muchos religiosos que creen que Dios es tan bueno que al final todos iremos al cielo. Dios no puede ser burlado y Él no tomará por inocente al culpable (Nah. 1:3). Más que preocuparse de engordar a las ovejas como hacen en muchas iglesias, se debería de poner el énfasis en la seguridad de la salvación. Claro que la tenemos cuando recibimos a Cristo, pero si de verdad ha habido un verdadero arrepentimiento, si en verdad hemos nacido de nuevo. Han habido personas que han tenido serías preocupaciones por el estado de sus almas, por su futuro eterno, que han llegado a compartir sus inquietudes acerca de si irían o no al infierno, pero aún así no han cambiado su actitud, han permanecido igual de estáticos, de infructíferos, de cómodos y apegados a las cosas materiales. Dios sigue queriendo despertar el espíritu de su pueblo (Hag. 1:14), y lo intenta a través de sueños y visiones acerca del infierno, del destino fatal de aquellos que han vivido una religiosidad nada más. Cristianos que han tenido visiones sobre el arrebatamiento y verse ellos mismos que se quedaban mientras otros se iban con el Señor. Ante esos alarmantes mensajes de advertencia que deberían ser suficientes para hacernos meditar en nuestros caminos y hacernos caer de rodillas en arrepentimiento por nuestros pecados, me pregunto ¿Ha habido algún cambio de actitud? ¿Han tomado en serio las advertencias? ¿Han intentado esforzarse por vivir una vida de acuerdo a lo que saben que deben hacer? O por lo contrario, ¿Siguen iguales o peores? Manifiestas son las obras de la carne. Hay quien prefiere no pensar en ello dando lugar a la comodidad del hogar que el desplazarse hasta la iglesia para alabar a Dios y escuchar su Palabra. Estos son a los que me refiero que producen una terrible carga en mi corazón cuando voy a orar. Personas que llenan las iglesias, que procuran no pensar ni en el cielo ni en el infierno y que viven esperanzados en que la oración de fe que repitieron una vez les conduzca a la salvación. Gente que ha cambiado la piedad por las buenas obras, el leer las Escrituras por buenas intenciones, el congregarse por un “Dios conoce mi corazón”. Procuremos presentar a Dios cada día nuestra vida en sacrificio y no un montón de trapos de inmundicia que para nada van a servirnos.

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