IGLESIA MANANTIAL DE VIDA CUENCA

Benditas serán en ti todas las familias de la tierra (Génesis 12:3)

EDIFICADORES DE IMPERIOS

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Edificadores de imperios
G énesis 11:14 “Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra”
Hemos sido llamados a edificar el Reino de los cielos, no nuestro propio reino. A pastorear unas ovejas que no son nuestras, a guiar a un pueblo que ya tiene dueño, que fue comprado, y no con nuestro dinero ni con nuestra inversión de tiempo sino con la sangre de Jesucristo. Moisés tuvo que aprender esto en el desierto y le costó al menos unos cuarenta años. Leemos en Éxodo 3:1 “Apacentando Moisés las ovejas de Jetro, su suegro.” Si miramos con detenimiento este corto y sencillo versículo podremos darnos cuenta del tremendo mensaje que tiene que enseñarnos. Moisés estaba apacentando unas ovejas. Otras versiones como la Biblia al día usa la palabra “cuidar” en lugar de “apacentar”, por lo que nos da una connotación más amplia de lo que significa pastorear. Es cuidar de las ovejas, de sus necesidades, de su seguridad. Otras versiones como la Biblia de Jerusalén dice que Moisés era el pastor del rebaño de su suegro Jetro. Moisés, el príncipe de Egipto, el que fue educado en toda la sabiduría de los Egipcios y era poderoso en sus palabras y obras (Hechos 7:22), tuvo que aprender a pastorear ovejas, a cuidarlas, a velar por ellas, a guiarlas donde hubiera alimento y agua para calmar sus necesidades. Y es a esto a lo que Dios está queriendo llamar a sus pastores, a pastorear, a edificar, a contribuir en el crecimiento de su pueblo, a darles el alimento fresco cada día, el maná que viene del cielo buscado y recogido muy temprano en la mañana.
No hemos sido llamados a construir ningún imperio humano ni religioso. Nuestra tarea no es edificar ninguna torre ni ciudad alguna tal como lo hicieron en Babel. Lo que les movió fue el deseo de ser reconocidos, de ser alguien, de tener cierta identidad, un nombre único. Querían permanecer todos juntos en un mismo lugar cuando la voluntad de Dios era que se esparcieran, que llenaran toda la tierra, que fuesen luz y sal a las naciones gentiles. Sus deseos vanagloriosos diferían de la voluntad de Dios, sus pensamientos no estaban de acuerdo con los de Él. “Hagámonos un nombre, por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra. Y descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos estos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer.” (Gén. 11:4-6)
Pastores, es tiempo de que nos volvamos a Dios, al verdadero Evangelio, a la tarea que nos fue encomendada, que dejemos de edificarnos a nosotros mismos, a nuestros deseos egoístas de ver cumplidos nuestros sueños o visiones sobre lo que creemos que es la obra de Dios. Nuestras intenciones pueden ser buenas, pero nuestro corazón puede estar equivocado. No podemos seguir edificando sin asegurarnos de que tenemos los planos correctos, las instrucciones precisas, la dirección adecuada que viene del Espíritu Santo. Los de Babel tenían visión, tenían una meta, se propusieron hacer algo grande, tenían unidad, y no estaban dispuestos a desistir de sus tareas por nada. Podemos parecernos a ellos en muchas cosas, en la unidad a la hora de trabajar, en un mismo pensamiento o una misma meta, podemos tener una capacidad terrible para edificar, incluso podríamos tener intenciones de perseverar hasta dar por acabada la obra, pero ellos estaban equivocados, fueron guiados por la vanagloria de este mundo, por el deseo de los ojos, por aparentar ser algo o quizás por intentar demostrar a los demás que no eran un grupo reducido. Tenían las herramientas, el proyecto parecía ambicioso, grande, pero difería de lo que Dios quería para ellos. De la misma manera podríamos estar cayendo en este mismo error, edificar para nosotros mismos en lugar de edificar el Reino de Dios. Nuestros proyectos pueden ser grandes, espectaculares, pero lo que realmente importará es si estamos haciendo o no la voluntad de Dios. Moisés aprendió esto mientras pastoreaba unas ovejas por el desierto. Era la manera en la que Dios le estaba enseñando a cuidar, alimentar, apacentar al pueblo que más tarde saldría de Egipto. Pero lo más importante de este relato se centra en el hecho de que las ovejas no eran suyas, sino de su suegro Jetro: “Apacentando Moisés las ovejas de Jetro, su suegro.” (Éxodo 3:1) Aprendió a pastorear un rebaño que no era suyo, cuidar las ovejas de otro. Cuando Dios sacó a su pueblo de la esclavitud, se aseguró de proveer para ellos un guía, un pastor que no pretendiera edificar para sí mismo. Moisés debería apacentar a un pueblo que no era suyo, sino de Dios. Esto le ayudó a no caer en el error que muchos otros después de él cometieron dejándose llevar por la vanidad, por el deseo de los ojos, por el poder o la autoridad que una vez recibieron. El profeta Ezequiel fue llamado por Dios a denunciar esta clase de pecados cometidos por los pastores de su tiempo. “Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel; profetiza, y di a los pastores: Así ha dicho Jehová el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos! ¿No apacientan los pastores a los rebaños? (Ez 34:1-2)
No podemos usar a las ovejas para satisfacer nuestro propio ego, nuestros deseos egoístas, nuestra visión que fue nacida en nuestro corazón y no en el secreto del Señor tal y como Dios mismo anunciaba por boca del profeta Jeremías: “Así ha dicho Jehová de los ejércitos: No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan; os alimentan con vanas esperanzas; hablan visión de su propio corazón, no de la boca de Jehová.” (Jer 23:16) Es tiempo de volver al verdadero Evangelio, a las sendas antiguas las cuales no pueden ser sustituidas por los métodos modernos. En muchas iglesias se ha sustituido la predicación de la Palabra por la exposición de la visión que Dios supuestamente ha dado al pastor, al líder o al conjunto de obreros que en muchas ocasiones no edifican para el Reino de Dios sino para su propio reino. Los métodos o las estrategias jamás podrán sustituir a la locura de la predicación. No podemos hablar más de la visión que de la misma Palabra. El mensaje central de nuestra predicación deber ser Jesucristo, el conocerlo, el acercarnos más a Él cada día.
Cuantos pastores han caído en el error de aferrarse a unas ovejas que no son suyas. Dios nos ha puesto a pastorear, a cuidar, a velar por cada una de las personas que componen el cuerpo de Cristo. Moisés apacentaba un rebaño que no era suyo sino de su suegro Jetro. Nosotros pastoreamos unas ovejas que no son nuestras, sino de Dios. Él es el buen Pastor. Él dio su vida por sus ovejas, y Él las conoce por su nombre. Somos responsables de cada una de las personas que Él ha puesto en nuestras manos, y nuestra labor debe ser edificarlas, alimentarlas, cuidarlas y si fuere necesario, enviarlas. No somos nosotros los que decidimos el destino hacia donde deben ser enviadas. Eso, querido hermano, le toca a Dios. Para Él cada creyente nacido de nuevo es iglesia. Cada denominación comprometida con su obra, es su cuerpo. Dios no ve denominaciones, el ve la necesidad. Ve el compromiso con el Reino, con la misión. Dios tiene una visión, un propósito para cada uno de sus hijos y es en la iglesia local donde es desarrollado su plan para nuestras vidas. Sea en una iglesia o en otra. Donde el creyente será edificado, donde encontrará quizás mayores posibilidades de crecimiento y donde la iglesia receptora pueda hallar en esta “oveja” un cristiano que edifica, que hace multiplicar el fruto del trabajo por dos. No estoy a favor de aquellos que van cambiando de iglesia cada semana, porque entiendo la importancia de la perseverancia, del compromiso, de la seriedad. Pero también es importante que entendamos que cada iglesia donde se predica una sana doctrina puede ser un buen lugar para que las ovejas se desarrollen o para que la iglesia reciba el apoyo por el cual han estado desde tiempo orando. Tampoco estoy a favor de los cambios de iglesia debidos al mal gusto de la decoración, sino que estoy defendiendo un llamado del Señor, una carga por la necesidad, por la unidad, por el compromiso con la obra sea en un lugar o en otro. Soy el primero que no me movería sin una Palabra de Dios, sin una dirección del Espíritu Santo. Pero si es Él quien habla, seré el primero en quitarme del medio y pedir su bendición.
Lucas 10:2 “Y les decía: La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies.”
Si el Señor nos dijo que orásemos para que el Padre envíe obreros, eso es porque obreros hay. Tenemos iglesias llenas de obreros, o por lo menos llenas de personas que realmente están capacitadas o que podrían serlo. Nuestra misión no debería ser crecer numéricamente hasta alcanzar una gran cifra de modo que como los de Babel, tengamos el deseo de ser reconocidos en toda la tierra. Nuestras ambiciones deberían estar centradas en el Reino de Dios, en tener los suficientes obreros para edificar en el lugar donde estamos, donde Dios nos ha puesto, pero también estar ampliando nuestra visión de cuerpo, pensando que hay otras iglesias menos afortunadas, con menos obreros o sin ninguno y con una gran cantidad de mies que necesitan ser sembradas y recogidas. Enviar obreros deber ser la tarea de cada iglesia que tenga esa capacidad. Dios nos da no para engordarnos y enriquecernos para nosotros mismos, sino para enviar, para edificar a la iglesia de Dios. Del mismo modo existe cantidad de lugares donde no hay obra, no se ha abierto ninguna iglesia, y donde la mies está esperando un obrero dispuesto a poner su mano en el arado. Estamos dispuestos a orar por los obreros pero no a enviarlos. Los recibimos con gozo y expectación cuando es a nuestra iglesia donde vienen para cubrir cualquiera de las áreas en las que estamos trabajando, pero no estamos dispuestos a enviar a gente preparada, dispuesta a ir y apoyar otros lugares o abrir obra en otra ciudad. Ante esta situación que no puede ser más real, me pregunto ¿Estamos actuando en cierta manera como los de Babel? Edificadores de imperios religiosos, afanados por ser reconocidos y prosperados pero no pastores humildes dedicados a la edificación del Reino de Dios, a preparar y enviar obreros donde no hay o faltan.
Que el verdadero Evangelio no sea desvirtuado con nuestras metas humanas. Que sintamos todos una misma cosa, que pensemos continuamente en la edificación del cuerpo de Cristo involucrándonos en las actividades o en las necesidades de otras iglesias que como nosotros tienen la misión de alcanzar a muchos para Cristo. Edifiquémonos mutuamente, pensemos y movámonos en la unidad y Dios prosperará el trabajo de nuestras manos (Salmo 102:18-22)
Deber ser estupendo tener una iglesia de tres mil o de cinco mil, pero con el enfoque de enviar obreros dispuestos, enseñados, preparados a ir a cualquier lugar donde no haya Evangelio para plantar allí el nombre de Jesucristo. Donde nosotros sembramos uno Dios enviará dos. Ese deber ser el verdadero enfoque de la multiplicación, el de sembrar, de expandir, de enviar, con el único fin que no quede un solo lugar donde no sea predicado el Evangelio de la Salvación. Pueblos sumergidos en la idolatría, en la religión o en la superstición sólo serán alcanzados por gente de visión. Por iglesias que entienden la importancia de la gran comisión. Familias que son enviadas, respaldadas con gente, con economía, con recursos de todo tipo con el fin de plantar una iglesia con fundamento sólido, sin importar tanto el nombre que se le pondrá a la iglesia, sino más bien preocupándose de que tenga la suficiente capacidad del alcanzar a cada persona del lugar. No edificamos imperios. Predicamos a Jesucristo. No dejamos nuestra huella, sino que la única marca que debe quedar es el sello del Espíritu Santo sobre aquellos que por la gracia de Dios manifestada a través de nuestra predicación han pasado de muerte a vida.
Muchos se consuelan con la idea que al llegar al cielo verán cada unas de las personas que por su predicación llegaron a la salvación. Será sin duda una alegría ver que nuestro trabajo no llegó a ser en vano. Pero no pensemos que de lo que nos apropiamos aquí en la tierra lo obtendremos allí en el cielo. Allí arriba no se leerá un edicto con todas nuestras hazañas. No vendrá nadie a darnos las gracias por haberle predicado. No tendremos una escultura al mejor pastor. En el cielo, cuando lleguemos, todo el mérito será de Jesucristo. Él recibirá la gloria, y aún nuestras coronas “tan merecidas” las arrojaremos a sus pies. Toda nuestra gloria se verá difuminada por la suya. Todos nuestros esfuerzos y nuestros méritos quedarán reducidos a nada cuando nos presente sus manos traspasadas. Lo que pretendo decir y con este pensamiento acabar es que nuestra mejor recompensa será el poder estar frente a Jesús, postrarnos a sus pies y poder escuchar: “pasa buen siervo fiel, sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré” (Mt. 25:23)

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Un pensamiento en “EDIFICADORES DE IMPERIOS

  1. Así es. Toda la Gloria es y será del gran Rey. Tremendo articulo, fué una gran bendición.

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