IGLESIA MANANTIAL DE VIDA CUENCA

Benditas serán en ti todas las familias de la tierra (Génesis 12:3)

CHARLES FINNEY

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AVIVAMIENTO BAJO EL MINISTERIO DE CHARLES FINNEY EN EL 1830
En el otoño de 1821, un estudiante de leyes de veintinueve años de edad comenzó a buscar al Señor. Durante el pasado año un avivamiento se había extendido en su ciudad natal de Adams, Nueva York, y él había rehusado participar. Pero después comenzó a orar. Cuarenta años más tarde, recordó de esta manera su conversión: “El Espíritu Santo descendió sobre mí con tal fuerza que parecía que me traspasaba el cuerpo y el alma. La impresión fue como de una ola de electricidad que me traspasó enteramente. Parecía venir sobre mí en olas de amor, pues no lo pudiera expresar de otra manera. Parecía como el aliento mismo de Dios. Puedo recordar expresamente que parecía abanicarme, como inmensas alas. No tengo palabras para expresar el maravilloso amor que fue derramado en mi corazón”.
Así comenzó el ministerio de Charles Grandison Finney (1792-1875), uno de los más destacados e influyentes evangelistas en la historia de los Estados Unidos.
El ministerio de Finney fue el apogeo del Segundo Gran Despertamiento (alrededor de 1792-1835). Vivió en la época de rápida expansión al Oeste, en que hubo un crecimiento de población sin precedentes. Los norteamericanos habían asimilado la doctrina del “Destino Manifiesto”, y con ella el optimismo en los logros y el potencial humanos únicos en la historia. Finney era la personificación espiritual de ese ideal.
Resumiendo la importancia de Finney, Marcos Noll escribe: “Hay que reconocer que se debiera clasificar a Finney con Andrew Jackson, Abraham Lincoln, y Andrew Carnegie… como uno de los personajes públicos más importantes de la América del siglo diecinueve. Sin duda, entre la raza blanca de los Estados Unidos, sobresale, Desde el otoño de 1830 hasta el verano de 1831, el ministerio de Finney llegó a su punto culminante en Rochester, Nueva York. El Espíritu de Dios estuvo con él en gran poder. Como Utica, Rochester era un centro comercial de mucho movimiento, cerca del recientemente terminado Canal Erie. Tal era la manifestación del poder de Dios en la obra de Finney que los comerciantes de todo el distrito muchas veces cerraban sus puertas para asistir a las reuniones. En sus giras de iglesia a iglesia, grandes multitudes seguían a Finney después de Jonathan Edwards, como una figura crucial en el mundo evangélico”.
Los muchos puntos fuertes de Finney explican la manera poderosa en que Dios lo usaba. Una de sus fortalezas era su vida de oración. Era un hombre que oraba intensamente y por largas horas, una disciplina que necesitan los pastores. Finney pensaba que podía producir avivamiento mediante ciertos métodos, pero su vida de oración fue el mayor factor contribuyente. A menudo pasaba horas en oración, tanto antes como después de sus reuniones de avivamiento.
Su segunda fortaleza era la gran unción del poder del Espíritu Santo que descansaba sobre él. Cuando predicaba, los oyentes solían quedar en completo silencio. Luego llegaban a un profundo, prolongado, y penetrante sentido de pecado, lo cual resultaba en una gran conversión a Cristo, algo que por medios humanos era imposible explicar.
La tercera fortaleza de Finney era su ética laboral. Cuando conducía una campaña trabajaba dieciséis horas al día, siete días a la semana. Después de tan intenso esfuerzo, cada verano pasaba varias semanas en Nueva York, en la granja de sus suegros, para recuperar las fuerzas.
En cuarto lugar, el celo evangelístico de Finney no tiene precedentes. Amaba a la gente y se entregó desmesuradamente para que fueran salvos.
Este es un extracto típico de la autobiografía del renombrado predicador Charles G.Finney, acerca de una reunión que había conducido en un lugar especialmente impío: “Yo no les había hablado con esta aplicación directa por más de cuarto de hora, cuando de repente una solemnidad espantosa parecía asentarse sobre ellos. La congregación empezó a caer de sus asientos en cada dirección, y a clamar por misericordia. Si yo hubiera tenido una espada en cada mano, no podría haberles cortado de sus asientos tan rápido como cayeron. De veras, casi toda la congregación estaba sobre sus rodillas o postrados en menos de dos minutos después de este primer choque que había caído sobre ellos. Todos los que estaban siquiera capaces de hablar, estaban orando por sí mismos… Por supuesto que no pude seguir predicando, porque ya no me prestaron atención. Vi al hombre anciano que me había invitado, sentado aproximadamente en el medio de la casa y mirando alrededor con sumo asombro. Levanté mi voz hasta gritar para hacerme escuchar por encima del ruido de los sollozos, y señalándole a él, dije: ‘¿No sabe Ud. orar?’…”
Charles Finney dijo: “… mientras no tenía el Espíritu de oración, no podía hacer nada. Si yo perdía el Espíritu de la gracia y súplica tan solo por un día o una hora, me encontraba incapaz de predicar con poder y eficacia, o de ganar almas en la conversación personal.” Charles Finney declaró: “El avivamiento viene del cielo cuando unas almas heroicas entran al conflicto, determinados a vencer o morir – o si fuera necesario, ¡a vencer y morir!”
A la mañana siguiente, un doctor universalista desafió a Finney a un debate religioso. El evangelista aceptó. Los argumentos iban de acá para allá, y Finney consiguió pronto sobrepasar a su oponente, hasta que los amigos de este salieron silenciosamente de la tienda y dejaron al hombre solo. Por último, el doctor fue derrotado y se marchó directamente a su casa a pasearse de un lado para otro mientras el Espíritu de convicción de Dios desafiaba sus argumentos y la carrera descendente de su alma.

“Su agonía se hizo intensa”, dice el evangelista. “Luego, renunció a sus convicciones, y poco después expresaba su esperanza en Cristo”. También fueron alcanzados sus amigos y el avivamiento hizo una limpieza a fondo en todos ellos. En el mismo pueblo, un grupo de jóvenes formó una banda para terminar con la campaña, pero el Padre Nash tomó el asunto en sus manos y bajo la inspiración de Dios, dijo: “Ahora, préstenme atención jóvenes: el Señor los desbandará en una semana, ya sea convirtiendo a algunos de ustedes o enviándolos al infierno…”. Finney se sintió algo inquieto por causa de la aparentemente atrevida predicción de Nash, pero poco después se comprobó la verdad de su denuncia, al recibir a Cristo uno de aquellos jóvenes y le siguió pronto el resto. Este Nash, compañero de oración de Finney, demostró ser de gran utilidad en la campaña, a pesar de que en cada caso en que se entregaba a la oración, sus oponentes decían: “Le resulta imposible orar en secreto, ya que se le puede oír a ochocientos metros de distancia”. Pero interceder, intercedía… hasta que los cielos se abrían y de ellos llovía gloria y avivamientos. En cierta ocasión, un hombre lo oyó orar desde muy lejos, y quedó bajo tal convicción de pecado que pronto buscó el rostro de Dios para obtener su gracia redentora.

Y Charles Finney dijo de una reunión típica: “El Espíritu de Dios vino sobre mí con tal poder que fue como abrir fuego contra ellos. Por más de una hora, la Palabra de Dios vino a través de mí a ellos de una manera que se llevó todo delante de ella. Fue como un fuego y un martillo quebrantando la roca, y como una espada que penetró hasta dividir entre alma y espíritu. Vi que una convicción general se extendía sobre la congregación entera. Muchos de ellos no podían levantar su cabeza.”
Un católico romano, que vino de Ogdensburg para tomarle las medidas al predicador con objeto de hacerle unas prendas de vestir, se convirtió en el acto, y aquello extendió el avivamiento en todas direcciones. Finney no tenía oportunidad de predicar, ya que por todas partes había gente buscando del Señor. Varias personas vinieron del pueblo del sastre y se convirtieron, y al volver a su ciudad esparcieron aquel fuego santo.

“Lo único que podía hacer Finney era quedarse sentado”, dice A. M. Hills, “y ver la salvación de Dios, por el mover espontáneo del Espíritu Santo que llevaba convicción y convertía a los pecadores”. En octubre de 1825, el evangelista asistió con su esposa al Sínodo de Utica, donde se le abrió una puerta para su ministerio. Pero antes de partir para la conferencia, tuvo una experiencia maravillosa. Mejor es que él mismo la cuente en sus propias palabras: “Sin la oración, no podía hacer nada. Incluso si por un día o una hora perdía el espíritu de gracia y súplica, no podía predicar con poder y eficiencia, ni ganar almas mediante la conversación personal. Durante varias semanas antes de ir al Sínodo estuve inquieto en gran manera en la oración, y tuve una experiencia en cierto modo nueva para mí. Me encontraba tan preocupado y abatido por el peso de las almas inmortales, que era constreñido a orar sin cesar. A veces venía sobre mí un espíritu de importunidad para que orara a Dios diciéndole que Él había prometido contestar a la oración y que no podía negarme lo que pedía. Estaba tan seguro de que me oiría, que con frecuencia me encontraba diciéndole: “Espero que no pienses que se me puede negar. Vengo con tus fieles promesas en mis manos, y no me lo puedes negar”. Mi impresión era que la respuesta estaba muy próxima, a la misma puerta, y me sentía fortalecido en la vida divina, dispuesto para un poderoso conflicto con los poderes de las tinieblas, y esperaba ver pronto un derramamiento del Espíritu de Dios todavía mucho más poderoso”. ¿Qué sucedió? la Gloria de Dios cayo en aquel lugar y las almas cayeron rendidas a los pies de la cruz. El principio es sencillo y bíblico, ¿quieres ver la Gloria de Dios, quieres ver jóvenes rendidos a los pies de la cruz? Ora en todo tiempo.
A donde quiera que iba su predicación y enseñanza encendían fuego espiritual e influenciaban a toda la comunidad con el Evangelio. La iglesia se movió durante el despertar de los avivamientos de Finney, y un estimado conservador calcula en 500,000 el número de personas convertidas como resultado de su predicación.

Finney decía que el secreto de los avivamientos se encontraba en la oración.
De 1851 a 1866 fue director del colegio de Oberlin. Escribió libros entre los cuales los más conocidos son: “Autobiografía”, “Discursos a los creyentes” y “Teología sistemática”.
El domingo 16 de Agosto de 1875 predicó su último sermón. No asistió al culto de la noche, sin embargo al escuchar cantar a los creyentes “Jesús, amante de mi alma, déjame volar a tu regazo”, salió de su casa y cantó con ellos. A media noche se despertó sintiendo dolores punzantes en el pecho. Al amanecer, se durmió en la tierra, para despertar en la gloria de los cielos, trece días antes de cumplir los 83 años.

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