IGLESIA MANANTIAL DE VIDA CUENCA

Benditas serán en ti todas las familias de la tierra (Génesis 12:3)

LA EXCELENCIA NO ES NEGOCIABLE

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La excelencia no es negociable
Por Brad Lomenick

Cuando trabajé en el rancho lost valley después de la universidad aprendí el significado de trabajar duro. Y lo aprendí por el camino difícil. En mi primer día como vaquero principal y capataz del rancho me comprometí con una norma y comuniqué que jamás la transigiríamos: Lost Valley sería el rancho de huéspedes más limpio y más bien dirigido del mundo. Aquello era un noble objetivo para un nuevo encargado, en especial si tenemos en cuenta que pre- sumíamos de tener ciento cincuenta caballos y doscientas vacas. No era precisamente una tarea fácil.

Los miembros de mi equipo y yo paleamos más estiércol de caballo de lo que quisiera admitir. Como el año anterior había trabajado de vaquero, conocía la importancia del tra- bajo en equipo. Nunca les pedí que terminaran una tarea que yo mismo no estuviera dispuesto a hacer. En más de una ocasión me reuní con mi equipo en el exterior para limpiar los caminos y calzadas de excrementos equinos. Los vaqueros novatos siempre se quedaban sorprendidos cuando me unía a ellos pala en mano. Mi participación era un símbolo importante que demostraba que nadie era demasiado importante para el trabajo sucio necesario para el buen funcionamiento de nuestro rancho.

«Sé que tal vez no les apetezca mucho hacer esto hoy, pero nos hemos comprometido con un estándar de excelencia no negociable —les decía—. Así que tomen una pala y hagámoslo realidad».

Según salían de mi boca las últimas palabras, nuestro equipo se dispersaba para cumplir las tareas desagradables aunque necesarias. Completar el trabajo solía tomar un par de horas cada día, lo cual no es sorprendente teniendo en cuenta la cantidad de animales y superficie que manteníamos. Una vez hecho, el equipo se recostaba, con la piel brillante por el sudor y las botas hediondas, para admirar nuestra victoria. Los caminos limpios posaban bajo los picos de las montañas circundantes, y todos sabíamos que nuestro trabajo duro y nuestro compromiso con la excelencia era fundamental para hacer de Lost Valley no solo uno de los ranchos de huéspedes más populares del mundo, ¡sino también el más limpio!

Esta ética de la excelencia estaba incrustada en el ADN de nuestra organización. Éramos salvajemente competitivos, y todos querían terminar sus tareas asignadas antes que los demás. Nuestra «cultura del ajetreo» nos hacía correr cuando otros caminaban, buscar siempre el proyecto más difícil; nadie quería manejar el tractor porque eso se consi- deraba un trabajo de hombre perezoso. Nos peleábamos por ver quién conseguía el trabajo menos popular o la tarea más difícil. Esta ética de trabajo me sigue moldeando incluso hoy.

Por supuesto, no siempre fui así. Mi primer trabajo fue como reponedor en Reasor’s Food Store. Cada noche tenía que fregar todo el almacén. El tiempo parecía detenerse mientras mi fregona se deslizaba adelante y atrás entre los estantes. Oraba a Dios hasta que me quedaba sin motivos, y después canturreaba hasta que me quedaba sin canciones.

La tarea era deprimente, pero la peor parte era limpiar la sección de productos de campo. Cuando la gente pisa las uvas que han caído, las manchas son casi imposibles de quitar. Después de unas cuantas semanas de torcerme la espalda frotando el suelo industrial, empecé a saltarme pasillos noche sí y noche no. Un veterano compañero de trabajo que discre- tamente se había dado cuenta de mi mal hábito al final me llevó a un lado y me regañó. «Sé que te has estado saltando pasillos, y quiero recordarte que eres mejor que eso», dijo. Sus palabras me avergonzaron con delicadeza, y nunca más volví a saltarme un pasillo. Tal vez nadie lo notaría, pero en el fondo yo sabría que no había dado lo mejor de mí.

Hoy, «hazlo realidad» es una de las consignas de mi vida porque sé que un fuerte sentido de llamado vocacional debe corresponderse con un alto nivel de excelencia. Y para los cristianos, esto es más que una cuestión de supervivencia. Es un problema de mayordomía. Si creemos que Dios nos ha llamado al trabajo que hacemos, entonces tenemos la responsabilidad de llevar a cado esa tarea con un estándar de excelencia inigualable. Debemos esforzarnos por hacer un trabajo excelente porque servimos a un Dios excelente. En vez de fichar o invertir nuestro tiempo, estamos adorando a Aquel que nos dio nuestros talentos ofreciéndole nuestro mejor trabajo, independientemente de nuestra profesión o empresa.

Tomado del libro Líder Catalizador, Copyright ©2013 por Brad Lomenick (ISBN 978-08297-5861-0). Usado con permiso de Grupo Nelson.

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