IGLESIA MANANTIAL DE VIDA CUENCA

Benditas serán en ti todas las familias de la tierra (Génesis 12:3)

NO SE PUEDE ENCAJONAR A DIOS

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No se puede encajonar a Dios
Por Marcos Vidal

Si el evangelio de la cruz es lo inmutable, al otro lado de la moneda se encuentra la cara. Porque si bien es cierto que servimos a un Dios inmutable, también es verdad que necesitamos cambiar en muchas cosas como iglesia si queremos ser relevantes y llevar eficientemente a cabo el cumplimiento de la Gran Comisión y del Gran Mandamiento, a mi parecer los dos grandes encargos que Jesucristo nos deja en su Palabra y para cuyo desempeño estamos aquí. Así que esa es la otra parte, la que tiene que ver con el segundo error. Parece una contradicción pero no lo es: comprendiendo el carácter inmutable de Dios y del evangelio de Jesucristo, hay otras cosas, sin embargo, en las que precisamos cambios urgentes.

En Romanos 10.1–13 el apóstol Pablo se expresa de la siguiente manera respecto a sus hermanos israelitas:

Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación. Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no con- forme a ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios; porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree. Porque de la justicia que es por la ley Moisés escribe así: El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas. Pero la justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo a Cristo); o, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos). Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado. Porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.

Conmueve el gran cariño y la preocupación con que se refiere a los judíos. Precisamente él que es rechazado por ellos y enviado a los gentiles, el más libre de todos los apóstoles, quien incluso reprende a Pedro por su conducta ambigua en cuanto a la práctica de ciertos rituales hebreos y la confusión que podían traer a los débiles en la fe (Gálatas 2), reconoce, sin embargo, no solo sus raíces israelitas (de la tribu de Benjamín), sino su profundo deseo de salvación para los que sigue considerando como «su pueblo, su gente, sus herma- nos». Pero al hablar de ellos analiza con gran acierto el problema que tienen para aceptar plenamente el evangelio de Jesucristo, y lo expresa magistralmente con las palabras: «doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia».

El original griego para la palabra ciencia en este versículo es epignosis que se puede traducir más literalmente como discernimiento. Discernir es precisamente distinguir, diferenciar y decidir entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto. Lo que Pablo está diciendo de sus hermanos hebreos es que él es testigo de su auténtica pasión. Son genuinos en su fe y llevan la práctica de su religiosidad a unos límites admirables. Son personas totalmente entregadas a aquello en lo que creen, sin embargo no disciernen. No distinguen correctamente. Confunden lo formal con lo esencial.

Tampoco es algo nuevo, más bien parece una constante. Ya Moisés en el Antiguo Testamento cometió el mismo error y le costó muy caro. En una ocasión, Dios le había provisto milagrosamente agua de la roca para todo el pueblo de Israel que venía quejándose por la sed en el desierto. Al golpear la peña con la vara siguiendo las instrucciones divinas, sucedió el milagro y el pueblo bebió hasta saciarse (Éxodo 17.6). Sin embargo, más adelante, en una situación muy parecida, Dios le dio indicaciones diferentes y Moisés desobedeció porque estaba airado (Números 20.8–11). En esta ocasión, Dios le ordenó hablarle a la roca para paliar la sed del pueblo, pero él la golpeó como la primera vez, pensando que aquella era una «técnica» válida puesto que había funcionado antes. Y no se equivocó en cuanto al resultado puntual del momento porque la roca dio tanta agua que bebió la congregación entera y sus animales. El conflicto quedó instantáneamente resuelto. Pero el precio que pagó Moisés por su indisciplina fue muy alto ya que debido a este episodio concreto de desobediencia quedó excluido de la entrada a la tierra prometida. Punto. No hubo más oportunidad para él. Porque el principio de sometimiento a Dios está por encima del milagro en sí y no se puede sacrificar la obediencia a Dios por una técnica que funciona y que provee solución momentánea a un problema. Es muy importante discernir que Dios abasteció de agua a la congregación por amor a su pueblo, pero no pasó por alto la desobediencia de Moisés. No se puede encajonar a Dios en una forma concreta, por más que en otro instante haya funcionado. Puede que salgamos del paso en el momento pero no nos engañemos: no resultará gratis.

Esto sucede constantemente. Confundimos la inmutabilidad de Dios con la variabilidad de los métodos y maneras en que Dios se manifiesta.

Tomado del libro Con Permiso, ©2014 por Marcos Vidal (ISBN: 978-0-8297-6556-4). Usado con permiso de Editorial Vida.

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